“Baila sin miedo, ama sin miedo”, dijo Bad Bunny justo a la mitad de su espectáculo en el intermedio de la Super Bowl, celebrado la madrugada del domingo al lunes (hora española) en Santa Clara, California. Qué mensaje tan sencillo, tan obvio, y qué poder desprenden esas seis palabras en los tiempos tan tenebrosos que vivimos. Sé libre sin temor, vino a subrayar el artista puertorriqueño, porque ahora, en el siglo XXI, la libertad, en determinados contextos, entra ya en el capítulo de los anhelos. Así están las cosas en algunas partes del mundo civilizado, y cantarlo en el corazón del país más poderoso del mundo y dentro del espectáculo con mayor audiencia es un acto de poderío irrefutable. Benito Antonio Martínez Ocasio se llama el que lo hizo. Recibió el desprecio del presidente del país donde se celebraba, Donald Trump, que intentó boicotear (sin éxito) el concierto con un recital paralelo de un músico que ya parecía acabado cuando empezó su carrera, Kid Rock. Al menos, la opción de la también trumpista Nicki Minaj podría haber ofrecido un toque moderno. Más informaciónHabría que realizar un repaso detallado de todos los espectáculos de la Super Bowl hasta llegar a este 2026, pero, así, en caliente, no se nos ocurre ninguno que haya aprovechado tan bien y contado tantas cosas en el escueto tiempo del que se dispone. La relevancia política ya se ha tratado con profusión, pero que esta lectura, siendo crucial, no apague los logros musicales de la actuación. Bad Bunny condensó en 13 minutos 14 canciones, más el añadido del homenaje a los pioneros del reguetón (Tego Calderón, Don Omar y Daddy Yankee). En realidad, contó la historia de la música puertorriqueña, que es parte de la música latina, comenzando con el reguetón bravo de Tití me preguntó o Yo perreo sola, deteniéndose en la salsa creada por los boricuas en Nueva York (la canción Nuevayol) y conviviendo con ritmos rurales como la plena. Bad Bunny y Lady Gaga, durante su actuación en el medio tiempo de la Super Bowl.Christopher Polk (Billboard via Getty Images)Con un ritmo vertiginoso, la voz de Benito capturó los matices de cada ritmo y la emoción del momento. Da pereza incidir en este punto, pero ahí va: Bad Bunny es un gran vocalista porque aporta personalidad, porque hace creíble el mensaje y porque logra agitar las emociones del que lo escucha. La presencia de Lady Gaga, la cantante estadounidense que más ha alzado la voz por los diferentes, resultó pertinente en el momento en el que transformó su balada junto a Bruno Mars, Die With a Smile, en una deliciosa y elegante salsa adornada por los bailes de Los Sobrinos. Añadió Bad Bunny algunos detalles a las canciones, como los bajos saturados a Café con ron, que le otorgó a la canción un plus de suciedad. Otro momento destacado llegó con la presencia de Ricky Martin, un homenaje a otro músico puertorriqueño que conquistó el mundo antes que él. Martin entonó con la vena hinchada y desde las sillas de plástico de la imagen de portada del disco recientemente ganador del Grammy, DeBÍ TiRAR MáS FOToS, una de las joyas de Bad Bunny, Lo que le pasó a Hawaii. Sobró quizá su pequeño discurso mirando a cámara, por manido: “Si estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí. Tú también deberías creer en ti. Vales más de lo que piensas. Créeme”. El espectáculo terminó en jolgorio, con Bad Bunny abandonando el césped abrazándose a las decenas de bailarines y músicos que le acompañaron. Cantaban: “Debí tirar más fotos de cuando te tuve”. Todos eufóricos, desafiantes. Lo consiguieron.

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